El miedo, la teoría y el 13-M
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente, publicado en GARA el 7 de junio de 2001.
Iñaki Gil de San Vicente
El miedo, la teoría y el 13-M
La mente humana es más sólida y resistente de lo que se afirma o se cree vulgarmente. Es tan resistente a la adversidad y a los envites del azar, que todos los sistemas educativos y disciplinadores de los poderes opresores tienen el objetivo prioritario de, primero, impedir que se creen mentalidades y personalidades críticas e insumisas y, segundo, si no lo han logrado en esos cruciales inicios, sí lograr destrozar después la coherencia personal individual y colectiva. Para ello, todo vale, y la historia nos ofrece espeluznantes ejemplos. Un dato apabullante lo tenemos en las pasadas elecciones del 13 de mayo en el tercio vascongado, en las que, además de la derrota del bloque político-electoral español, nosotros, la izquierda abertzale, hemos obtenido los segundos peores resultados en toda nuestra historia, tras los de las elecciones europeas de 1994. El ejemplo apabullante de la fuerza de la mente humana es que después de los ataques represivos, después del fiasco por la euforia de Lizarra-Garazi y de la traición del PNV y, tras el año y medio de impresionante campaña de destrucción que hemos aguantado, pese a todo esto, el nú- cleo duro de la izquierda abertzale haya confirmado una vez más su tremenda lucidez teórica y política.
Yo no he conocido ninguna campaña en la que el irracionalismo racista y el miedo inconsciente hayan jugado un papel tan decisivo en la estrategia, sistema y paradigma represivo del Estado español; y tampoco he conocido ninguna campaña en la que la táctica del PNV haya sido tan descarada en la potenciación del miedo consciente y el defensivo tras la imagen mitificada de Ibarretxe. Pienso que de los 80.000 votos perdidos, más de 20.000 han sido debidos a la compleja mezcla de sentimientos que se vuelven cada vez más incontrolables según se acelera el proceso que va de la preocupación al miedo, pasando por la angustia. Era perceptible desde mediados de la década de los 90 que uno de los objetivos del nuevo sistema represivo español era azuzar el miedo, la irracionalidad y el nacionalismo. Desgraciadamente, aunque no faltaron advertencias y estudios críticos de la izquierda abertzale al respecto, no se pudo socializar lo suficiente esa teoría y menos aún generar las prácticas suficientes que anularan sus efectos. Una de las razones fue la necesidad imperiosa de responder a los sucesivos golpes represivos; otra fue la lentitud lógica de procesos como Batasuna y otros más, tampoco debemos olvidar la corta vida de Lizarra-Garazi, y el remate fue la huida del PNV y el envalentonamiento subsiguiente de Madrid. Desde esta perspectiva, la correcta a mi entender, ha sido muy reducido el impacto de la acción de ETA sobre este bloque de votos perdidos.
Una característica de la línea abertzale desde 1994 ha sido y es multiplicar la esperanza e ilusión popular, e impulsar los colectivos y movimientos de todo tipo. El debate teórico-político realizado en Batasuna tenía tiene una importancia capital por cuanto debe aportar la certidumbre realista del proceso en sí mismo, sus objetivos factibles y sus plazos temporales. Se trata, en suma, de estructurar desde el principio de realidad el principio de placer que palpita en la ilusión y esperanza popular vasca. Esta dialéctica entre realidad y deseo es imprescindible para vencer la angustia y el miedo sociales. La experiencia histórica así lo confirma tanto en los casos individuales como colectivos. Pero no fueron sólo las presiones exteriores citadas las que impidieron a la izquierda abertzale avanzar a la velocidad necesaria, casi contra el reloj, para adelantarse a la estrategia del miedo y de la irracionalidad; también actuó en contra en algunos casos la inevitable inercia retardataria que siempre existe en todo colectivo, y que aumenta cuando ese grupo es sometido a feroces ataques exteriores. Por éstas y otras razones menores EH fue cogida en un cepo emocional y hasta afectivo, en el que no había apenas espacios para el debate y menos aún para la reflexión. Un brazo del cepo era el imperialismo español y el otro la demagogia hueca y chantajista del regionalismo. Nadie con un mínimo de capacidad reflexiva ignoraba desde comienzos de 1999, por no decir antes, que Madrid y Gasteiz intentaría meter a EH en el cepo. La izquierda abertzale lo denunció desde el principio pero, por una parte lo que se define como «lo irracional en política», y por otra nuestras propias dificultades de explicación racional han dado un mordisco a EH.
Otra cosa son esos algo más de 50.000 votos que se fueron sumando a la ilusionante experiencia colectiva de Lizarra-Garazi, y que empezaron a abandonarla con bastante antelación, incluso cuando todavía faltaba mucho tiempo para saber si iba a haber elecciones anticipadas en el tercio vascongado. Solamente un análisis muy abstracto y hasta malintencionado puede sostener que esos algo más de 50.000 han dejado a EH en los últimos días de la campaña, o incluso en los últimos meses. Pienso que muchos de esos votos estaban «perdidos» ya a finales de 1999. Y entrecomillo lo de «perdidos» porque para comprender este asunto hay que, por un lado, remontarse a las diferencias teórico-políticas que se formaron a finales de la década de 1960 entre las grandes corrientes revolucionarias que había entonces y que impulsaron históricas escisiones en ETA; por otro, remontarse hasta mediados de la década de 1970 con la crisis que acabaría en la entrada de un reducido grupito en el PSOE casi una década más tarde, y, por último, a la evolución posterior de colectivos múltiples con diferentes criterios sobre la práctica histórica de interrelación de todas las formas de lucha. Cualquier análisis sobre la «perdida» de esos miles de votos que no tenga en cuenta su especificidad originaria y ulterior evolución, peca de superficialidad o mala fe. Desde esta perspectiva, la correcta a mi entender, muchos de esos votos estaban verdaderamente perdidos con mucha antelación, y a muchos no nos ha sorprendido. Ahora bien, ¿«perdidos»... o devueltos?
Esta pregunta me lleva a la ultima reflexión. Eramos muy conscientes de que el cepo nos iba a hacer daño, y que ya antes de su mordisco teníamos que descontar los votos prestados, devolverlos. Cara al futuro, deberemos estudiar como mínimo cuatro lecciones básicas y urgentes aprendidas en este 13-M: una, la importancia cre- ciente de una práctica teórica contra el miedo; otra, la importancia de la permanente reflexión teórico-política dentro de la izquierda abertzale; además, la importancia de volver a debatir con todos los sectores que históricamente tienen diferencias con nosotros, pero sobre las lecciones aprendidas en este 13-M; y, por último, la importancia de concluir la ela- boración concreta de las propuestas populares, del proceso Batasuna, de las mejoras organizativas, para empezar a demostrar con razones y realidades, además de con esperanzas y deseos, que el nuevo gobiernillo que Madrid va a prestar al PNV-EA no puede resolver ninguno de los problemas que destrozan a Euskal Herria. En realidad, la situación no es tan grave como aparenta y desde luego, cada día tendremos más cosas que decir y hacer. Al tiempo. *